Natalia & Virginia, una habitación compartida.

Entrevista a Natalia Jiménez Gallardo. WOOLF, 11 y 12 de febrero en el Teatro Central (Sevilla).                                   Foto destacada: © Ángela Contreras

En La vida por escrito, una de las biografías más exhaustivas sobre Virginia Woolf firmada por la escritora Irene Chikiar Bauer, se lee: «Soy Virginia Woolf. Atrápame si puedes», avisando del carácter de la vida y obra de la autora inglesa. Pero su legado, literario y existencial, es tan vasto y excepcional, que el interés por ella no atiende al desaliento. “Soy Virginia Woolf. Acompáñame si quieres”, también podría ser.

En la danza, viene trabajando sobre algunas cuestiones de la escritora inglesa la creadora andaluza Natalia Jiménez Gallardo, que en unos días presentará un nuevo trabajo que lleva su nombre: WOOLF. También lleva algunos de los preceptos de la escritura de Woolf, buceadora infatigable de la palabra escrita, que ejercía sentada en un sillón, con un soporte sobre la falda y se aventuraba en exigentes metas como la de hacer descripciones sin adjetivos. Del flujo al detalle; del control a la improvisación, de lo contemplativo a lo descriptivo. Por estas combinaciones de opuestos, y a veces, complementarios, cuenta la creadora Natalia Jiménez que circula la pieza inspirada en la escritora, cuyo estreno será en el Teatro Central de Sevilla el 11 y 12 de febrero. Cuenta, también, que a nivel formal es lo que más le ha interesado de Virginia Woolf, al considerarla como punto de partida y al que retornar, para su creación. “En la escritura de Virginia está lo macro, pero también lo pequeño y en este sentido, desde lo coreográfico, me ha ayudado a trabajar la improvisación y la coreografía, que van en paralelo”. Como culmen de esta praxis recurre la intérprete al ensayo La muerte de la polilla, en el que Woolf reflexiona sobre la levedad de la existencia y el descanso de la muerte, a través de un insecto, “algo maravilloso y patético, puesto a danzar y zigzaguear para mostrarnos la verdadera naturaleza de la vida”. “En la danza, explica Natalia, “uno de los parámetros se encuentra en la orientación, en el control y su pérdida, y siento muchas conexiones en alguien que también escribe”.

Natalia Jiménez Gallardo y Jordina Millá, en un ensayo de la obra © Rafael Núñez Ollero

Sin embargo, fue el conocido texto Una habitación propia de la escritora inglesa, el que originó WOOLF. Durante el pasado confinamiento, Natalia Jiménez y otras creadoras son invitadas por la historiadora de arte Inés Ruiz Artola a desarrollar una exposición virtual alrededor de la idea de habitación compartida. “Nos leímos el libro y nos cuestionábamos qué puede ser una habitación propia en esos momentos privadas del exterior. Me di cuenta de que quería seguir con Virginia y poco a poco la pieza se ha convertido en un autorretrato escénico a partir de ella”. Hay más mujeres conviviendo con la coreógrafa en esta habitación que se verá en los próximos días. Como Pepita Oliva, bailaora de flamenco malagueña, abuela de la también escritora Vita Sackville-West, con quien Virginia Woolf mantuvo una relación. “Son mujeres que arrojan luz a la herida, algo que admiro y valoro mucho, acercar aquello en lo que no se encaja, que es incómodo. Hay luminosidad a la hora de leerla, en el ser y en el estar. Mucha aceptación del dolor”. La pianista Jordina Millá, compositora musical y autora del espacio sonoro de WOOLF, es también protagonista. “Desde los inicios me planteé una habitación compartida con ella. Jordina tiene una relación muy estrecha con el piano y yo con el cuerpo y me interesa ese espacio de complicidad. Al principio me encontré con ella e hicimos una improvisación después de semanas de trabajo, que llamamos Virginia and Vita, con el plan de que fuera un proceso a largo plazo”. Y así ha sido. Lectura, estudio, investigación en material corporal y paisajes sonoros, han acompañado a estas dos creadoras a lo largo del año y medio que viene durando la concepción de WOOLF. “Jordina toca el piano de una manera muy interesante porque amplía el rango de lo sonoro. Cuando empiezas a escucharla puedes irte a sitios incómodos o cierta variedad del ruido, pero tiene luminosidad y momentos divertidos. Está tocando las vísceras del piano y toca las vísceras de una”.

Virginia Woolf en el jardín de su casa de Sussex, 1927.

Una habitación propia fue escrita y publicada en 1929, Virginia Woolf tenía 47 años. Y a pesar de que ella misma lo consideró en principio una especie de obra pequeña y hubo quien ni quiso reseñarla en los periódicos, vendió tantos ejemplares que incluso superó a Orlando, novela publicada unos meses antes. «Escribir es una agonía, sin embargo vivimos junto a ella. Nos apegamos a la bocanada de vida a través de nuestras plumas», sentenció la autora.

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