Texto de Luz Arcas para la sección `Hola, soy coreógrafa/o´. Idea y coordinación: Mercedes L. Caballero

Luz Arcas en Una gran emoción política. © Virginia Rota

Hola soy coreógrafa, me dedico a la danza contemporánea, pero no me siento del todo identificada con ese término, prefiero otros, como bailar.

Me inspira mucho el folclore, el imaginario colectivo, me salva de la abstracción y me conecta con algo instintivo, común. No encajo en el estilo internacional, no me interesa esa visión estética globalizadora.

He buscado mucho fuera, casi siempre en otros continentes. Me he formado en India, he trabajado en países de África, de América, con la esperanza de escapar del cuerpo domesticado, de la asepsia a la que aspira ese estilo internacional. En mi tierra, Andalucía, encuentro motores muy fuertes, estoy marcada por su sincretismo (el mezclote, como lo llama Rafael Sánchez Paniagua), por todo lo que he vivido en ella.

No me interesan las ideas geniales. Mi cuerpo quiere desenterrar, redescubrir, bailar.

Bailar, milagro doméstico que surge de forma inesperada, que nos inscribe en una comunidad cultural, como los símbolos o la memoria. Una vitalidad compleja y contradictoria, que quiere ensuciarse de presente, encarnar nuevos significados en cada cuerpo.

Bailar, perder la identidad, disolverme en el movimiento, donde explotan emociones arquetípicas contaminadas del dolor y la alegría de vivir, expresados con la rabia de la vergüenza, una herida abierta que no quiere cerrarse, manantial de memoria que no necesita comprenderse.

Toná. © Virginia Rota

Creo que el colonialismo no es una etapa de la historia, sino la historia en sí misma. Somos la guerra: el mal es uno de los motores más dinámicos del progreso. Los sucesivos imperialismos culturales han ido generando nuevas gestualidades y colocándolas encima de las preexistentes, a modo de placas tectónicas que se alejan de la luz, pero que ahí siguen, haciendo temblar todo lo que existe. Es la herida histórica del cuerpo, su memoria física. Bailar es desenterrarla, redescubrirla, desvelar toda esa información que sobrevive dentro del cuerpo, a pesar de las imposiciones violentas.

Siento que el baile empieza dentro del cuerpo y va saliendo hacia afuera, que es una necesidad del cuerpo que lo invade completamente, desde la sangre, las vísceras, los músculos, los huesos, la piel… hasta llegar al gesto. La respiración es la llave para conectar con esa necesidad. Mis partituras coreográficas se escriben en el interior del cuerpo.

Toná © Virginia Rota

Guardo con cariño una de las primeras críticas que me hicieron cuando empezaba. Fue una mujer conocida, en una revista también conocida. Me escribió un correo antes de publicarla para pedirme algunas fotos de la obra, yo se las envié en seguida. Compré la revista en papel el mismo día en que salió, tenía impaciencia e ilusión en leer el artículo, abrí las páginas, ansiosa. Muy enfadada, la escritora se quejaba de que lo que yo hacía no era danza, porque se me oía respirar y se me notaba el esfuerzo.

Pensé que tenía razón. Lo que me interesa es el cuerpo, su dignidad. Es difícil de sostener, después de todo, pero lo vivo como una deuda con la vida. A eso aspiro con mi baile: a sublimar la derrota.

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