Nostalgia del futuro

Crítica de Remansos / Arriaga / In Paradisum. Compañía Nacional de Danza.
Remansos. Nacho Duato
Arriaga. Mar Aguiló, Pino Alosa y Joaquín de Luz
In Paradisum. Antonio Ruz (estreno absoluto)


Teatros del Canal (Madrid). 36º Festival Madrid en Danza. 8 de abril de 2021.

Remansos, de Nacho Duato. © Festival Madrid en Danza

Abrir un programa triple con Remansos, obra insigne (una de muchas) del coreógrafo Nacho Duato, lleva riesgos. Uno de ellos, el que salió vencedor la pasada velada en Teatros del Canal: ensombrecer, de alguna o varias maneras, aquello que vino después, con un regusto en la memoria visual y auditiva, que dificultaba el desapego para continuar. Estrenada en 1997, Remansos atestigua aspectos nada desdeñables de lo artístico, por ejemplo, la difícil hazaña de haber resistido el paso del tiempo de estos 24 años de vida. La calidad superando contextos.
Sobre música de Enrique Granados, la pieza testifica esa voz propia de Duato, vestida de conocimiento y oficio, que lo mantienen referencial y recuerda la solidez de aquella Compañía Nacional de Danza que dirigió durante dos décadas. A los intérpretes le faltó fluidez, ese resultado de la ecuación de musicalidad, fractura y energía sobre la que descansa el lenguaje del creador valenciano.

Arriaga, obra coreografiada a tres (Mar Aguiló, Pino Alosa y Joaquín de Luz, director de la CND), pareció dibujar una intención que diera fe de ese eclecticismo al que se aferra la compañía en los últimos años y direcciones: que el neoclásico puede convivir con otros lenguajes más contemporáneos, y al revés. Y aunque el propósito se presenta pertinente en una agrupación nacional, como declaración de intenciones, no funciona al congregarlo en una sola pieza. En Arriaga, las puntas conviven con expresiones corporales de ahora; los dúos y tríos con momentos más corales que flaquean en riqueza de vocabulario y el resultado inconexo, se aleja de cierta coherencia discursiva. Destacan los momentos que responden a una creación más contemporánea.

Arriaga, de Mar Aguiló, Pino Alosa y Joaquín de Luz. © Alba Muriel

Cerró la velada el estreno absoluto de In Paradisum, primera creación para la Compañía Nacional de Danza del coreógrafo Antonio Ruz. Inspirada en la pintura del Greco, acierto que permite la construcción de imaginarios identificativos, y las polifonías corales de Tomás Luis de Victoria, la obra propone un recorrido por los contrastes en los que a menudo transitamos: lo individual y el prójimo; lo sagrado y lo terrenal, el sufrimiento y la celebración. Sitúa con este trabajo Ruz a la Compañía Nacional de Danza ante la posibilidad de experimentar nuevas texturas corporales, alejadas de todo academicismo, y aunque al resultado interpretativo le faltó precisión y soltura (llegar a romper del todo, el abandono frente a la corrección), es saludable situar a la CND en registros menos ortodoxos. Con momentos de destacada fuerza visual, In Paradisum recuerda en ocasiones al discurso de reconocidos y reconocibles creadores punteros internacionales. Y un intenso perfume de reminiscencias foráneas (que parece invocar trabajos de Alain Platel, Sharon Eyal, o esa escena final de la imponente Tragédie, de Olivier Dubois) vela la prometedora propuesta.

La cancelación inesperada de un encuentro con el público, por una incompresible falta de previsión ante un toque de queda que lleva semanas en la capital, terminó de dibujar una velada irregular con cierto regusto a nostalgia del futuro.