Hondura, estar o no ser

Una habitación propia en la que escribo en primera persona sobre danza, más allá del escenario.

 

© Brooke Didonato

 

Hondura, palabra fabulosa. Llana, tres sílabas, una hache, el poder de la “a”. Y esa primera acepción con la que una se encuentra en el diccionario cuando la busca: “distancia entre el fondo de algo y el punto tomado como referencia”. Últimamente la echo de menos. En algunos aspectos de la danza, también.

Este miércoles 29 de abril se celebra el Día Internacional de la Danza y como cada año, una creadora o creador escribe un manifiesto para ponerla en valor. Por algunos de los que he leído en las últimas ediciones entiendo que a las personas que lo redactan se les da manga ancha, amplitud de criterios, distensión en las ideas, flojera en la redacción. Pero la laxitud de contenido del manifiesto de este 2020 me ha dejado de piedra, con sueño, ese que aparece tras el aburrimiento. A través de frases construidas de aquella manera, el manifiesto viene a decir algo así como que todo lo que necesitamos en esta situación horrible en la que nos encontramos es bailar. Sí, bailar, que la solución es bailar, que la danza es bailar, vaya. Y para tal fin reduccionista se usan expresiones como “tejer corazones”, “tocar almas”… y de esta manera, de solidez cuestionable, se justifica el decrecimiento que se hace del significado de la danza. Vuelvo hacia atrás, leo de nuevo, sí, éste es el discurso de la danza para celebrar su día a nivel internacional, para contarle al mundo su importancia, para poner el foco en su existencia: un crucigrama de lugares comunes, abstractos y vacíos. Hondura.

La danza está tocada desde hace tiempo y en este país padece de foma muy concreta los efectos devastadores que ha dejado este virus, muchos profesionales han quedado fuera del amparo económico de las medidas que se vienen tomando. También han quedado fuera de empatías institucionales de aquí y de allí, y el sector ha reaccionado con informes, documentos, encuestas, trabajo, con la intención de arrojar un poco de luz y conocimiento. Pero con este rechazo fundamentado ha llegado otro menos eficiente que copa las redes sociales de desconfianza y conjunciones: “peros” y “sin embargos” incluso para cualquier indicio de rectificación o nuevos intentos. Se entiende la herida y que sangre enseguida, la gravedad de todo; no tanto la indignación superflua en su forma frente a la reflexión; la queja veloz frente a la presunción. La hondura reducida a rebeldía instantánea y el riesgo de que una necesidad acabe transformada en pataleta.

La danza padece un estado de fragilidad tan grande desde hace años (de apoyo, visibilidad, reconocimiento, etc, desde fuera del sector, pero también desde dentro, de otra manera) que esta devastadora situación parece haber puesto todos los dardos en la misma diana: la de la urgencia. También la de lo público, de la acción de publicar, lo divulgado, el afuera. Y pienso en la delgada línea entre reivindicación real y exhibicionismo. Impera el estar frente al ser, el dispara primero y piensa después, el posteo, luego existo; el me indigno, incendio y altero por lo que no es y por lo que podría ser, luego estoy. Razones no faltan, especialmente para quienes necesitan enseñarlo todo, pero dudo de la eficacia de este magma de cabreo de like rápido, más alla del parche momentáneo. La “infoxicación” dota de omnipresencia a la danza, pero también desplaza significados de profundidad. La búsqueda del reconocimiento rápido anula ese margen para la luz que se cuela por toda grieta.

Son tiempos de corona y egona, ese segundo virus que nos ataca y convierte la ocurrencia en discurso, las fotos de zoom colectivos en existencia, el enfado automático en propuesta, los consejos populistas en corrientes de opinión. Que persigue la búsqueda rápida de adeptos de milicia a toda costa, la expulsión de la autocrítica, la ausencia de la escucha.

La prudencia no está bien vista, mucho menos en las redes sociales, y practicarla significa desaparecer, no estar, pero en su antónimo habita un riesgo peligroso: el ruido y la invalidez.

Sabemos lo que se debe y puede hacer alrededor de la danza y conviene seguir trabajando para su fin. Sería conveniente también, encontrar un lugar entre lo cursi y la ira, entre tejer corazones y tejer inquinas, evitar esa lectura soterrada del “qué hay de lo mío”, que a veces se cuela por encima de lo colectivo, tan descarada ella. Seguir trabajando sin perder de vista la “distancia entre el fondo de algo y el punto tomado como referencia”.