Bailar en la oscuridad

Crítica de Grand Finale. Hofesh Shechter Company. Coreografía y música original: Hofesh Shechter. Teatros del Canal (Madrid). 26 de septiembre de 2019.

 

© Rahi Rezvani

 

Dice el diccionario sobre la palabra pausa: “Interrupción que delimita unidades entonativas o discursivas”. Y ni diversidad en la entonación ni en el discurso, sostienen la que fragmenta Grand Finale, espectáculo de Hofesh Shechter estrenado en 2017 y visto anoche en Teatros del Canal.

No es muy ortodoxo comenzar una crítica de lo que sea analizando un intermedio, salvo si éste tiene la capacidad de incidir de manera casi drástica en el prisma de una obra. En lo escénico todo suma también, y la pausa que divide en dos mitades similares y continuas, este espectáculo de Shechter, arroja al resultado sombras innecesarias.

La pausa que se produce no es gratuita (en el trabajo de Shechter nada parece serlo y eso se agradece), pero la doble intención que asoma de ella, se resuelve con dudosa eficacia. Por un lado, el intermedio permite limpiar el suelo de un escenario, ligeramente mojado por el final de la primera parte, y en este sentido, se hace incomprensiblemente largo. Por otro, los músicos, en las tinieblas durante la primera entrega de la pieza, de espaldas al público y en acertada sincronía estética y atmosférica con la obra, salen a escena, interatúan con la audiencia y se produce un tono ligero y participativo, que rompe y no cuaja. La lectura es clara, todas somos espectadoras de masacres, finales y sufrimientos que acabamos viendo en un canturreo, anestesiados por la costumbre. Pero el formato nos expulsa de la pieza con un inoportuno puntapié que rompe la catarsis comunicativa de la que venimos. Tras ella, hay que volver a entrar en la oscuridad, la desesperación, la muerte y la desgracia, que subyace de la religión, la política e incluso la geografía. Temas asiduos en el trabajo de Hofesh Shechter, creador israelí afincado en Londres de indudable rúbrica propia, construida también por el vasto y colorido lenguaje corporal que ostenta.

 

© Rahi Rezvani

 

Heredero en parte del de la Batsheva Dance Company, agrupación en la que inició su trayectoria, el movimiento de las coreografías de Shechter, que puede ser salvaje y sutil, siempre enérgico y elocuente, ha adquirido una gran singularidad con el tiempo y se desarrolla en creaciones corales de espléndidos intérpretes que funcionan tan bien en lo grupal como en su identidad única. Con manifiesta reminiscencia de folclor, entre ondulaciones y explosiones de precisa técnica y gesto magnético, los diez bailarines de Grand Finale navegan en situaciones de puro trance, a caballo entre la súplica, la rabia y finalmente, la rendición. La música, creación del propio Shechter, también autor de la banda sonora de sus obras, acompaña junto con la cuidada iluminación y escenografía, la intensidad de la potencia sobre la que cabalga su discurso, nublado en este trabajo por la dilatación (1 hora y 50 minutos) y la interrupción dramática. Al inicio del espectáculo se nos entregan unos tapones para los oídos, un gesto algo excesivo y altamente escénico que pone el acento, desde el principio, en la espectacularidad sobre la que gira esta obra.