Hola, soy coreógrafo. Antonio Ruz

Texto de Antonio Ruz para la sección `Hola, soy coreógrafo/a´. Idea y coordinación: Mercedes L. Caballero.

 

Antonio Ruz. © Juan Carlos Toledo

 

Hola, soy coreógrafo y me llamo Antonio. Mis padres me pusieron este nombre por mi abuela materna Antonia, la misma que cuando cumplí siete años, en Córdoba, me hizo un regalo que cambió mi vida para siempre: mi primer curso de sevillanas. Siempre fui un niño creativo, inquieto y algo caprichoso. Además de estar todo el día “danzando”, hacía dibujos, pintaba cuadros y figuras, modelaba barro, trabajaba el cuero, la madera y, lo más importante y lo que fusionaba todo, montaba belenes gigantes (con su día, su noche y su río de verdad), escenografías en miniatura que ocupaban toda una habitación. También dirigí teatrillos en el colegio y las fiestas familiares en las que yo mismo actuaba. Siempre había un motivo para inventar historias, para disfrazarse, para construir, para crear jugando. Hoy descubro que mi trabajo como coreógrafo, aunque sea una profesión “seria”, no está tan lejos de todas esas actividades de infancia. Cuando creo, soy un niño grande.

Recuerdo encerrarme en la habitación de mis hermanas, donde había un tocadiscos y pasar horas bailando a Vivaldi, Brahms, Beethoven pero también a Elton John, Prince, David Bowie, Madonna… Me cuentan que mi bisabuela Leonor (mi madre se llama así por ella) era una gran melómana. Aún hoy cantamos en la familia los villancicos que le enseñó a mi madre y mis tías. Por parte de mi padre también tengo ADN musical. Mi abuelo Eduardo era cantaor aficionado de flamenco y cuentan que el gran Manuel Vallejo lo invitó para unirse a su compañía. Por él, mi padre hoy canta, y muy fino. Yo mismo he hecho mis pinitos con la voz en algún proyecto y sigo, cuando puedo, estudiando el instrumento. Quizás por todo esto la música es tan importante en mi vida, en mis creaciones. Y si puede ser en directo, mucho mejor. Aunque estudié solfeo de pequeño, no leo bien música pero tener una partitura delante no me asusta. Lo que me fascina es meterme en la mente de los compositores, adivinar de donde nacen sus ideas y melodías, escuchar su peculiar visión sobre la danza y el movimiento.

Hoy, con cuarenta y dos años, mucho escenario a mis espaldas y una rodilla multioperada, soy coreógrafo gracias a las personas con las he trabajado y que tanto me han inspirado, enseñado y apoyado. Mi trabajo está claramente influenciado por las que más admiro, y lo digo con orgullo. Desde hace tiempo, crear se ha convertido en un hábito cotidiano, algo constante que no solo realizo en la sala de ensayos sino también en otras situaciones. Mantiene mi mente ocupada cuando viajo, camino por la calle o estoy tumbado en la cama. Curiosamente, mis revelaciones más inspiradoras han aparecido casi siempre fuera de la sala de ensayo. Por otro lado, creo a ciegas en el trabajo obsesivo, en las horas de estudio, en los ensayos interminables, en las largas reuniones de equipo. Soy obstinado pero estoy aprendiendo a ser paciente.

 

`Presente´, nuevo trabajo de Antonio Ruz. © Laura Ortega

 

Aunque por mi ecléctica formación y experiencia en danza (flamenco, danza española, ballet clásico y danza contemporánea) me cueste definir mi discurso coreográfico, podría aventurarme a afirmar que entiendo la danza como un un elemento que, desde el cuerpo, aglutina otras disciplinas como la música, el teatro, el cine, la literatura, la filosofía, las artes plásticas o la arquitectura… Un coreógrafo debe cuidar, al menos eso es lo que intento, todos los aspectos escénicos de una pieza; desde la luz hasta la dramaturgia, el vestuario, el sonido, el espacio. Por eso me gusta colaborar con otros artistas y creo en el trabajo de equipo. Limitar la coreografía a una sucesión de movimientos con un cd (o mp3) en reproducción me resulta pobre. Dicho esto, sigo cuestionándome, buscándome, perdiéndome y encontrándome a diario en mi labor. Me da pereza auto-definirme, etiquetarme, compararme. Hago proyectos de encargo para otras compañías, colaboro con otros coreógrafos y produzco piezas con mi compañía, que desde 2009, es mi casa, el lugar donde me lanzo a investigar, a jugar, y quizás donde me permito ser más valiente y libre. De esa libertad intento que se impregne el resultado de mis trabajos; las múltiples lecturas e interpretaciones de un mismo concepto, atmósfera o imaginario. Busco evocar, conmover o hacer reflexionar al espectador y, en ocasiones, desafiar, sacudir. Confieso que, en los últimos años, disfruto más en un museo o en un concierto que asistiendo a un espectáculo de danza. Creo que por culpa de mi mirada analítica, suelo ser mal público de danza, me cuesta. Dicho esto, no tiro la toalla; sigo acudiendo a los teatros para ver a compañías y apoyando a los compañeros que siempre me inspiran con sus nuevas propuestas, que son muchas, gustosas y variadas. Me gusta ser complice de lo que está pasando en la danza en Madrid y seguir nutriéndome de mi vínculo directo con los países de Europa donde viví, trabajé y sigo trabajando.

Como ninguna otra disciplina, la danza evoluciona con los tiempos. Es acción, impulso, transformación, mutación, cambio. Una conexión metafísica con el tiempo en el que vivimos. A modo de terapia, puedo reírme de mis miserias con lo que hago. Consigo (no siempre) canalizar mi fragilidad, mi duda, mi inseguridad y ansiedad a través de mi trabajo. Hablar de nuestro cuerpo, de sus ritmos. De los sentidos, los gestos, lo humano, lo trascendental. Gente moviéndose. Gente estando y siendo. La naturaleza. Los contrastes. El caos. La belleza. Todo hecho creativo es para mí un acto misterioso de liberación pero también hay en él mucha cabeza, sesera y razón. Desaprender para aprender. Esto es, hoy por hoy, lo que buenamente hago, el vehículo expresivo que por suerte he encontrado y que me ha rescatado de la caída en momentos difíciles. Es mi espejo de reflexion e intuición. Es siempre empezar de cero, con el mismo entusiasmo y el mismo miedo. Como cuando hoy he abierto el documento en blanco justo antes de empezar a escribir este texto.

 

Antonio Ruz. © Juan Carlos Toledo

 

Cuando reflexiono sobre las peculiaridades (y dificultades) de ser coreógrafo independiente, se me viene a la cabeza el comentario que algunas personas me han hecho al conocerme: “¿y a qué te dedicas? Soy coreógrafo. ¡Qué bonito! ¿Y aparte de eso que haces?. Silencio… Y yo me pregunto: ¿Por qué es nuestra profesión tan desconocida? ¿Por qué esa señora, en ese sarao de gente “con carreras”, formuló esa pregunta que me incomodó tanto y no pude casi responder? Mi respuesta debería haber sido: Pues aparte de coreografiar, paso horas delante del ordenador escribiendo dossiers, transporto escenografías y vestuarios por la geografía española, llevo las redes sociales, doy clases y talleres, pido créditos a los bancos para financiar mis proyectos… y con todo y con eso, me merece la pena. Por nada del mundo cambiaría mi profesión.

El año pasado me entregué en cuerpo y alma a un proyecto que ha cambiado mi vida: Electra para el Ballet Nacional de España. Volqué mi mochila, mis influencias, todo mi aprendizaje. Y aprendí y disfruté muchísimo. Hoy, en unas horas, me encerraré de nuevo en el estudio para seguir con la creación de Presente, el nuevo trabajo de mi compañía que verá la luz (y la oscuridad) el 19 de octubre en la Sala Negra de los Teatros del Canal con un equipo de ensueño. Otro reto, otro desafío que tal vez hable de mi presente, de destruir para construir, de volver a empezar, de dudar, pero siempre avanzando en la espiral del tiempo.