Ravel hecho danza

Crítica de Bolero 2018. Creación: Jesús Rubio Gamo. Intérpretes: Alberto Alonso, Eva Alonso, Carlos Beluga, Mireia Campo, Natalia Fernandes, César Louzán, Fran Martínez, Anna Mateu, Inés Narváez Arróspide, Mario Olave, Clara Pampyn y Juan Carlos Toledo. Música: Maurice Ravel. Centro Cultural Conde Duque. Patio Central (Madrid). 23 de junio de 2018.

 

`Bolero 2018´, de Jesús Rubio Gamo. © Claudia Córdova Zignano

 

La velada de danza acontecida anoche en el Centro Cultural Conde Duque, con doblete (hubo dos pases, a las 22´30 y 23´30), contó con una serie de elementos, propios y ajenos al hecho coreográfico, que la presentaban seductora. Y así resultó. Un amplio escenario alzado situado al aire libre en el patio central del cuartel, con sillas dispuestas en tres frentes (ni una libre); la celebración del solsticio de verano con danza, algo habitual en los últimos años de Conde Duque; incluso una voz en off, que antes de recordar que se apagaran los móviles, enunció breve pero eficazmente, la importancia que la danza tiene en este espacio de creación y exhibición (un mini discurso que se manifestó como todo un acierto), factores completamente a favor. Todo suma en un hecho escénico. La pieza de 20 minutos, firmada por el coreógrafo y bailarin madrileño Jesús Rubio Gamo, fue un encuentro revelador de frescura e intensidad, que tenía en la aparente sencillez de, en el fondo, compleja estructura coreográfica para doce bailarines, una de sus habilidades. Dos fundamentos sostienen esta obra, versión extendida del dúo del mismo nombre estrenado por Rubio en 2016, que acumula escenarios y plazas en estos casi tres años de muestra: la música, el mítico Bolero de Maurice Ravel, y la composición creativa alrededor del movimiento, cuya eficacía dependía en buena parte de la interpretación de los bailarines. No suele ser fácil conseguir que una composición musical tan popular y sólida comparta, y no supere en protagonismo, lo que acontece en escena. Y tal como ocurría en el primer Bolero de Rubio, interpretado por Alberto Alonso y Clara Pampyn, la hazaña se logra y música y movimiento, se acompañan, se dejan espacio y se adhieren, con el crescendo del mítico ostinato de la composición de Ravel. En un acto de justicia u homenaje escénico, son precisamente Alonso y Pampyn los primeros en aparecer. Ellos protagonizan los momentos de mayor complicidad en pareja que se dan en el escenario, junto a la también formada por Natalia Fernandes e Inés Narváez Arróspide, reveladora la primera, dueña de un discurso interpretativo de gran fuerza perfectamente controlada, sutileza y entrega; vaporosa, Narváez Arróspide, precisa y volátil. La imagen coral y continua de estos doce intérpretes funciona como la orquesta que una imagina detrás de la música. Y su dedicada colaboración grupal hacen de este trabajo, que cuenta con material coreográfico extraido del primer Bolero, eficazmente adaptado a la suma de diez bailarines más, una obra que evoca el placer (y esfuerzo) de bailar.