A propósito de los Max

Una columna de opinión.

Una habitación propia en la que escribo en primera persona sobre danza, más allá del escenario.

 

© Kylli Sparrek

 

Pienso en los premios. Y pienso que siempre he pensado que hay que darle la importancia justa. Para bien y para mal. A menudo formo parte de algún jurado relacionado con la danza y las artes escénicas y cada vez que me enfrento a ello lo hago con el peso de la responsabilidad y con una idea: un premio es el resultado subjetivo de la suma de subjetividades. Pero qué alegría cuando se recibe (creo) y cuando lo recibe quien tú consideras que es justo merecedor.

Hay un hecho claro. Bueno, dos. Los premios no son garantía, ni solución de problemas como el que viene viviendo la danza (dentro y fuera del sector de las artes escénicas) y que cristaliza, básicamente, en el no estar lo que debería. Con apoyos, consideración, respeto, información, ecuanimidad, etc. Pero dan reconocimiento y visibilidad y el reducido marco de las artes del movimiento parece ampliarse a encuadres sociales más holgados por un momento. Creadores e intérpretes de danza, tan poco visibles en el estrato cultural del país (en programaciones, medios de comunicación…) se sitúan, por unos días, en un lugar algo más palpable. Existen y están.

Con la reciente gala de entrega de la 21 edición de los Premios Max (ha tenido lugar hace tan solo unas horas), celebrada en el Cartuja Center de Sevilla, casi se consigue. Lo de la visibilidad para la danza. Pero solo twitter y quienes han contado en directo (el directo que les era posible) lo que acontecía, nos ha informado a ese público, al que por cierto estaba dedicada esta edición de los Max (dicotomías de la vida o de las artes escénicas). Lo grave, a mi modo de ver, es que ni la televisión pública, ni emisiones en directo a través de internet, lo han posibilitado. Y en el caso de TVE, que ha emitido la gala dos horas más tarde en La 2, cuando estaba a punto de finalizar, se ha perdido la gran (y justa) ocasión de llevar las artes escénicas a un lugar más digno.

Decía mi adorada Virginia Woolf que nada sucede realmente hasta que no se ha registrado. Gracias a la decisión de TVE, la televisión de todos, la gala de los Max cobró vida casi al tiempo de expirar. Una especie de zombie gala que devuelve un mensaje muy poco alentador sobre el lugar que realmente ocupan las artes escénicas en este país. Así que a las 23´40 en la tele de mi salón se me daba la bienvenida a esta edición de los Max (“cada uno que vea la gala como le dé la gana”, se dice. “No, como nos imponen”, mascullo), mientras en twitter se seguían anunciando los últimos premios en directo. Me debato en ese momento, entre pasado y presente con cierta tristeza e indignación, y empiezo a pensar en cama y libro (Sin ti no hay nosotros, de Suki Kim, fantástico). Pero aguanto un poco más. Quiero ver a los premiados de danza recoger sus manzanas, diciendo lo que ya sé en una especie de déjà vu informativo y reincidente, y alegrarme por ellos.

Twitter me ha dado el chute de información en directo que me ha negado la televisión pública. Pero algún disgusto, también. Por ejemplo, comprobar que en el sector se sigue hablando y escribiendo “teatro” cuando en realidad se habla y se debería escribir “artes escénicas”. “Los premios del teatro”; “la gala del teatro”; “viva el teatro”; “el teatro no es importante para TVE”, etc. Y ese acto tan aparentemente insignificante y espontáneo de englobar la danza en el teatro (quiero pensar que es lo que se pretende) la invisibiliza también, además de ser error semántico.

La danza tiene mucha lucha por delante. Casi tanta como la que acumula en todos estos años de atrás. Por ejemplo, seguir peleando en conseguir hueco dentro de las artes escénicas, más allá de categorías dibujadas exclusivamente para ella. En los Max son las de mejor interpretación (masculina y femenina), mejor coreografía y mejor espectáculo de danza. Pero ¿y diseño de vestuario, de iluminación, de espacio escénico, revelación…? Parece que sigue costando acordarse de la danza cuando no te la ponen por delante.

Pienso en el titular de esta columna. Cosas que me han molestado de los Max. No, cosas que me han molestado alrededor de los Max. No, cosas que han pasado alrededor de los Max y me han molestado. Cierto. A propósito de los Max. Mejor. Porque aunque hay alguna incidencia más que no me ha gustado, pero me falta información y prefiero callar, ha habido otras amables, como una foto enviada por varias compañeras de la profesión; alentadoras, como las palabras del nuevo Ministro de Cultura, José Guirao: “Estoy aquí para apoyar las artes escénicas” (deseando conocer sus planes para la danza); y alegres, la alegría de los premiados: Daniel Abreu, ganador de los tres Max a los que estaba nominado y el gran triunfador de la noche; Ertza Danza; Danza Mobile y Eva Yerbabuena, que se ha quejado de ver a pocos flamencos nominados en esta gala, pero en demasiadas ediciones anteriores, era la danza contemporánea la que faltaba.

Enhorabuena a premiados y nominados. Visibles o no, con televisión pública o sin ella, merecedores de reconocimiento.

 

Anuncios