Ceremonia

Torobaka ©Jean-Luis Fernandez

 

Crítica de Torobaka. Creación e interpretación: Israel Galván y Akram Khan. Teatros del Canal (Madrid). 27 de junio de 2014.

 

Desde el kathak (danza tradicional de la India), uno; desde el flamenco, otro. Sin embargo, reducir Torobaka a un encuentro entre estas dos disciplinas, sería mermante y poco justo. Tal es su resultado. El espectáculo que Akran Khan (Londres, 1974) e Israel Galván (Sevilla, 1973) han creado y ayer tuvo su estreno en España, en los Teatros del Canal (Festival de Otoño a Primavera), es una festividad en toda su extensión. La manifestación emancipada y liberada, de dos creadores. El dispendio inventivo de dos artistas. Un montaje con cariz de acontecimiento que puso al público de la Sala Roja del teatro madrileño contra las cuerdas de la emoción. Y en pie casi todo él, al finalizar el espectáculo. Corren el riesgo estos trabajos que reúnen en escena a dos personalidades tan fuertes como reputadas, con un discurso tan propio como reconocido, de convertirse en muestrario de un hacer individual sin que la comunión de ambos llegue a suceder. No es el caso. Torobaka devuelve la confluencia (también el combate por momentos) de dos coreógrafos e intérpretes que han convertido su encuentro en toda una inmersión, dancística y cultural, del uno en el otro. Dos mundos que se tornan uno, a través de una propuesta en la que el movimiento es nexo y utensilio para la indagación (que preside la trayectoria de cada uno de ellos por separado) y que en esta ocasión ha servido para un íntegro acercamiento de dos artistas que han sabido parir un lenguaje que respira exploración y autenticidad. En este sentido, se alza significativo en la propuesta (y en el escenario) Israel Galván y esa capacidad casi clarividente con la que trabaja el flamenco desde hace años, y su aproximación al kathak y a Akram Khan parece haberle servido para alimentar y reforzar, a partes iguales, su rompedor registro y expresión de honestidad casi despiadada. Con momentos para la convivencia escénica (en los que se evidencia el regalo que estos dos creadores se han hecho) y para la soledad interpretativa (reseñable el encuentro entre Galván y un micrófono casi silente, cuya función es la de devolvernos hasta el último sonido de la expresión más inesperada del bailaor), Torobaka (notorio también por su puesta en escena y música en directo), se antoja ceremonia artística con la agudeza, oficio y comunión como eje.

Torobaka. En Madrid hasta el 29 de junio. Teatros del Canal.

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