Viaje a Edipo

Oedipus.Bet Noir.Vandekeybus.foto.dannywillemsCrítica de Oedipus/Bêt Noir. Compañía Última Vez/Wim Vandekeybus. Teatro Central (Sevilla). 15 de diciembre de 2012.

No es la primera vez que el creador belga Wim Vandekeybus (Herenthout, Bélgica,1963) se acerca al mito de Sófocles, antihéroe marcado por el oráculo, asesino de su propio padre y marido de su propia madre, inspirador en numerosas ocasiones de todo tipo de textos. Piezas como Bêt Noir (2006) y Black Biist (2009), dejaron ver primeras aproximaciones del coreógrafo a la figura de Edipo, siempre con el texto de Jan Dacorte como guía e inspiración. Sin embargo, Oedipous/Bêt Noir, que se vio en el Teatro Central de Sevilla los pasados días 14 y 15 de diciembre, tras un largo recorrido por plazas internacionales desde que se estrenó en Ámsterdam en julio de 2011, representa una verdadera y completa inmersión en esta trágica historia, en la que el propio Vandekeybus da vida a Edipo e interactúa en el escenario con la potestad de padre, marido, hijo, maestro de ceremonias y guía de los 15 intérpretes entre músicos, actores y bailarines, que trazan esta obra, tan intensa y abrumadora, como precisa e inteligente, y que representa en todo su conjunto, uno de los paradigmas más claros del lenguaje de este creador y compañía, surgida hace ya 25 años (en Madrid, de ahí su nombre en español) y casi 30 producciones, cristalizado en una multidisciplinariedad (texto, movimiento, escenografía con entidad propia) que sirve como vehículo de esa energía brutal, casi primitiva, que empapa el discurso de Vandekeybus y se hace más evidente en este trabajo, que conecta en esta línea de vehemencia escénica con sus obras más tempranas. Es fácil traer a la memoria, mientras se visualiza Oedipus, aquella What the Body does not remember, primera creación del creador belga en la que los bailarines sorteaban la lluvia de ladrillos que se arrojaban (esta obra se repone en febrero con motivo de la nueva sede de la compañía en Bruselas). Música en directo con tintes del rock más sucio y contaminador; una enorme plataforma circular forrada de ropa sobre la que los intérpretes reptan y desaparecen; una rigurosa dramaturgia construida a base de flashbacks (la propuesta arranca cuando el infortunio ya ha tenido lugar) y unos intérpretes, exactos en su exuberancia que merecerían una crítica a parte, componen este montaje, que se mece entre la crueldad y la inocencia, la brutalidad y la dulzura, retrato de angustia vital y de una disertación escénica fundamental en la actualidad dancística internacional.

(Publicada en Susy Q. Revista de Danza. Núm. enero-febrero  2013)

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