La danza que nació del horror

Reportaje Danza butoh

Danza de las tinieblas, de las sombras, del horror… son algunas de las expresiones más habituales para definir el movimiento butoh (danza contemporánea japonesa), nacido en la década de los cincuenta del siglo pasado, como respuesta y salvación a uno de los peores momentos sociales e históricos vividos por el pueblo japonés: las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Una sociedad devastada y ocupada, se afanaba por encontrar en el arte respuesta a aquella inmoralidad que les tocó vivir, y el arte, una vez más, ofreció una salida, una válvula de huida a tan inmensa pesadumbre. Se encontró en lo feo, en la deformidad, en la huida de la belleza como concepto armónico, en la comunión de los opuestos y en la expresión del infortunio, ahondando en el foco de la tragedia que conmocionó a todo un país. Su irrupción en la escena japonesa, subyugada al kabuki y el teatro noh, a tradiciones ancestrales y de gran acervo, causó sorpresa y conmoción. Y el estreno de Kinjiki (1959), primera pieza identificada como danza butoh, de Tatsumi Hijikata (1928-1986), sacudió audiencias pero también instauró algunas de las piezas fundamentales de la expresión de este lenguaje, influido por el surrealismo y el expresionismo aleman de Mary Wigman: la introspección, el dolor, la lentitud, el silencio. A Hijikata, y Kazuo Ohno (1906-2010), fallecido recientemente a los 103 años, se les considera padres constatados del butoh japonés. Y en ellos y sus animosas trayectorias, dibujadas por legendarios montajes como Admirando a La Argentina, trabajo de Kazuo Ohno en el que rendía homenaje a la bailaora española Antonia Mercé, y que recorrió escenarios de medio mundo, el butoh encuentra su germen y arraigo. No descuidaron el adiestramiento, y sus enseñanzas, sobre todo en el caso de Hijikata, maestro de numerosos prosélitos, atinaron con fieles dispuestos a aprenderlas y desarrollarlas. Es el caso de Ushio Amagatsu (1949), ilustrado en el butoh bajo el colectivo Dairakudakan, dirigido por Akaji Maro (1943), uno de los discípulos directos de Hijikata, y hoy director de Sankai Juku, una de las agrupaciones más representativas y cosmopolitas de esta danza, que seduce a espectadores con asombrosas propuestas de aplastante puesta en escena. Alumno aplicado de Hijikata es también Ko Murobushi (1947), que visita el Grec con un programa doble en el que se verán dos de sus piezas más identificativas: Dead I, interpretada por tres de sus pupilos en la Ko&Edge Company, y el solo Quick silver, que bailará el propio Murobushi. Dos montajes que se estrenan por primera vez en nuestro país, aunque vistos en diversos escenarios internacionales, en los que Murobushi, uno de los máximos exponentes actuales de esta danza japonesa, es asiduo, contribuyendo a la universalidad de la que disfruta el butoh en los últimos años. También en el festival de Barcelona, se verá a otro de los estandartes del butoh japonés, en esta ocasión como intérprete de un montaje ideado por el coreógrafo y bailarín Cesc Gelabert y el pintor y escenógrafo Frederic Amat, joya de la cartelera dancística de esta edición del Grec. Se trata del bailarín Katsura Kan (1948), investigador del butoh desde el año 79, que se ha unido a este proyecto que es Ki, encargo de la ciudad de Yamaga para conmemorar los cien años del teatro Yachiyoza, y coproducido por la muestra catalana. En él, Kan bailará junto a Cesc Gelabert y el joven intérprete de danza contemporánea y break dance, Tomohiko Tsujimoto, en un sorprendente trabajo, con música en directo, que se adentra en rituales y tradiciones niponas. Ki se estrenó el pasado mes de junio en Yamaga y fue acogido con gran entusiasmo y asombro. Otra de las propuestas que llegan desde Japón al Grec, conectará al público con una de las prácticas más representativas de la cultura japonesa: la del arreglo floral, o ikebana , convertido en coreografía en esta danza pegada al los gestos y su desarrollo infinito, que se practica en el país asiático. Se trata de Shinbäi, le voi de l´âme, trabajo que firma Emmanuelle Huynh, directora del Centre Nacional de la Danse Contemporaine de Angers, y la maestra en ikebana, Seiho Okudaira. El festival de Barcelona también acogerá a Saburo Teshigawara (1953), uno de los creadores japoneses más solicitados en plazas internacionales, sobre todo europeas, y en cuyo discurso descansa la herencia butoh de su país de origen, pero de una forma más subterránea, menos obvia, encapotada por un lenguaje contemporáneo sobre el que el creador lleva investigando décadas. Formado en ballet clásico en Tokio, que pronto abandonaría por su necesidad de búsqueda, y en artes plásticas, desde 1985 dirige la compañía Karas con la que lleva recorriendo escenarios de medio mundo. Sus trabajos gozaron pronto de reconocimiento internacional, y su impronta va más allá de su propia agrupación creando para otros colectivos como el desaparecido Ballet de Frankfurt, para el que montó White clouds under the heels, bajo invitación de Forsythe. Obsesionado por la luz, y su ausencia, su discurso discurre marcado por este elemento del que el propio creador se ocupa personalmente diseñando la iluminación y escenografía de sus montajes. En esta línea, destaca Luminous, trabajo que realizó con el bailarín invidente Stuart Jackson. Hasta el Grec llega con su Mirror and music, en el que firma, además de la coreografía, el diseño de vestuario, la escenografía y hasta la selección musical (Teshigawara también tiene en su haber la composición de piezas musicales). Un montaje para ocho bailarines, incluido el coreógrafo, que se muestra por primera vez en Europa, en el que se juega con las imágenes, su reflejo, y nuevamente, la claridad y la penumbra. Una radiografía de la danza de origen japonés, que con los años ha sabido trasladar unos fundamentos profundamente localistas, a audiencias dispares.

(Publicado en Susy Q. Revista de Danza. Año 2010)

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